Rendimiento atlético y dopaje

 
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¿Es posible para un atleta entrenado de forma natural -que compite sin asistencia química- conseguir performances que rompan récords en deportes que requieren velocidad, resistencia o potencia? Ésta es la pregunta que iniciaba un breve artículo de la revista The New England Journal of Medicine del 27 de agosto de 2004, mientras se celebraban los Juegos Olímpicos en Atenas.

Dado que los tests anti-dopaje han sido pocas veces positivos en los juegos deportivos internacionales, se viene aceptando que la respuesta a la pregunta inicial debe ser afirmativa, y que son pocos los atletas que compiten en los grandes acontecimientos deportivos mundiales- incluyendo los Juegos Olímpicos y el Tour de Francia- que utilizan sustancias que aumentan fraudulentamente el rendimiento deportivo.

Sin embargo, son muchas las fuentes de evidencias, así como la acumulación de escándalos de dopaje, que sugieren que la respuesta debe ser negativa, es decir, que el uso extendido en los atletas de sustancias químicas que potencian artificialmente su rendimientos ha distorsionado claramente el valor de los límites superiores de estos rendimientos, es decir, de los récords.

Desafortunadamente, según el autor de este artículo, un código global de silencio ha mantenido oculto el problema del dopaje en el deporte de competición.

Las primeras sustancias químicas efectivas utilizadas para potenciar artificialmente el rendimiento fueron las anfetaminas, ampliamente usadas por los soldados en la Segunda Guerra Mundial y por los deportistas al comienzo de la década de los años 50.

Esta sustancia -denominada "la bomba" por los ciclistas italianos- disminuye la sensación de fatiga producida por el extenuante esfuerzo.

Al ser la sensación de fatiga un límite natural para no pasar del esfuerzo excesivo, su manipulación artificial con la anfetamina coloca al atleta en situación de riesgo: en el año 1967, el ciclista británico Tom Simpson murió por esta causa en el ascenso al col Mont Ventoux, en el Tour de Francia.

Dado que las anfetaminas deben estar presentes en el organismo para ser efectivas, el único método para evitar su detección en los tests anti-dopaje es sustituir fraudulentamente la orina del atleta dopado por una orina limpia.

La cortisona también reduce la sensación de fatiga y mejora el estado de ánimo, por lo que es ampliamente utilizada por los ciclistas profesionales.

El propionato de testosterona [Testoviron], prototipo de los esteroides anabolizantes, fue sintetizado en el año 1936 y apareció como como sustancia para el dopaje poco después de los Juegos Olímpicos del 1948. La síntesis de la metaandrostenolona [Dianabol] en los Estados Unidos en el 1958 y de la clordehidrometiltestosterona [Turinabol] en la desaparecida Alemania del Este después de 1966, fue el inicio de la "virilización" de la mujer en el deporte moderno.

Al aumentar la masa muscular se incrementa la resistencia, la velocidad y la fuerza, así como la velocidad de recuperación tras intensos entrenamientos.

Para aumentar sus efectos los esteroides anabólicos se utilizan en combinación con otras hormonas con similar actividad como la insulina, la hormona del crecimiento y el factor de crecimiento similar a la insulina. Las hormonas como la testosterona y la insulina son incialmente indetectables, dado que son similares a las sustancias "naturales" y las sustancias químicas de diseño como la tetrahidrogestrinona [THG] -que fue utilizada por Marion Jones y Tim Montgomery y facilitada por los tristemente famosos laboratorios BALCO de California- han sido desarrolladas específicamente para evitar su detección en los tests anti-dopaje.

La magnitud del beneficio conseguido por la combinación de sustancias anabolizantes es desconocida. Datos procedentes de la antigua República Democrática Alemana, hasta ahora secretos, indican que la administración únicamente de esteroides anabolizantes reduce el tiempo en los 100 metros en 0.7 segundos y mejora el rendimiento en los 400 mteros, 800 metros y 1.500 metros entre 4 y 5, 5 y 10 y 7 a 10 segundos respectivamente.

Los beneficios son mayores en las mujeres dados que la secreción de testosterona en la mujer joven es insignificante.

El tercer tipo de sustancias químicas que potencian el rendimiento es la eritropoyetina, la hormona que normalmente regula la masa de hematíes en el organismo. Al aumentar el número de hematíes por la administración de eritropoyetina exógena, se incrementa la capacidad de transporte de oxígeno a los músculos.

Por otra parte, parece que la eritropoyetina puede ejercer sobre el cerebro una acción similar a la de las anfetaminas, la cortisona y los esteroides anabolizantes.

Las sustancias químicas usadas por aumentar artificialmente la performance de los atletas, no son tan sólo un riesgo para la salud de éstos sino para la ética y la relevancia del deporte de competición moderno.

Fuente: NEJM

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Jueves, 20 de Noviembre del 2008

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