¿Qué es la hepatitis?

 
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Las hepatitis (definidas como inflamaciones difusas del hígado) se dividen en dos grandes grupos según su evolución en el tiempo: hepatitis agudas y hepatitis crónicas.

HEPATITIS AGUDAS

Las hepatitis agudas son inflamaciones difusas del hígado que interfieren su compleja función, de presentación clínica brusca, caracterizadas por la demostración en los análisis de sangre de un incremento importante (de 5 a 10 veces) de los valores normales de la transaminasa glutaminopirúvica (ALT) y oxalacética (AST), con o sin aumento de la bilirrubina en la sangre.

En el examen del tejido hepático se encuentra una infiltración inflamatoria difusa con alteración de la normal estructura lobulillar del hígado.

Las causas que pueden producir una hepatitis aguda son numerosas. Destacan por su frecuencia las siguientes:
- los tóxicos como el alcohol (hepatitis alcohólica)
- los medicamentos como el paracetamol a dosis excesivas (hepatitis tóxica o medicamentosa)
- algunas enfermedades infecciosas (hepatitis infecciosa)
- enfermedades del metabolismo (hepatitis metabólica)
- enfermedades causadas por virus, como la mononucleosis infecciosa y la infección por citomegalovirus, y de modo predominante, las hepatitis causadas por los virus A, B, C, D y E (hepatitis víricas).

El virus de la hepatitis A es un picornavirus (enterovirus 72) que se transmite por vía oral a partir de personas infectadas o por la ingestión de agua y alimentos contaminados. La hepatitis A produce síntomas entre el 50% y el 75% de los adultos, mientras que en los niños casi el 90% de los infectados por el virus de la hepatitis A evolucionan de forma asintomática. La hepatitis A se sospechará ante un cuadro clínico de hepatitis en un paciente joven y en ausencia de antecedentes de infección por vía parenteral (intección o transfusión, drogadicción). El marcador de la infección por el virus A es una inmunoglobulina anti Virus A que se determina en el laboratorio. La hepatitis A evoluciona en la mayoría de los casos (99%) hacia la curación completa. Son muy raras las formas fulminantes de hepatitis A y casi nunca evolucionan hacia una forma crónica.

El virus de la hepatitis B se transmite por vía parenteral (por inyección o transfusión) y a través de relaciones sexuales. Para la hepatitis B el marcador es la inmunoglobulina anti Virus B. La hepatitis B evoluciona hacia la curación en el 90% de los casos; el resto suele evolucionar hacia una forma crónica, y algún caso puede seguir un curso fulminante. La forma combinada B y D evoluciona favorablemente hacia la curación, acaso con un riesgo mayor de que se pueda desarrollar una hepatitis fulminante.

El virus de la hepatitis D o delta necesita para infectar la colaboración del virus de la hepatitis B. También se transmite por vía parenteral.

El virus de la hepatitis C se transmite por via parenteral (inyección, transfusión de sangre contaminada, inyección de droga con aguja contaminada , tatuaje, piercing) y, ocasionalmente, por vía sexual. La hepatitis C cursa muy a menudo (casi en el 90% de los casos) sin provocar síntomas, por lo que suele descubrirse tardíamente, una vez convertida en hepatitis crónica. La hepatitis C se diagnostica si se demuestra la positividad de los anticuerpos contra el virus C. La hepatitis C muestra una marcada tendencia a evolucionar hacia una hepatitis crónica en el 85% de los caso , hacia una cirrosis hepática en el 20% de estos casos y hacia el cáncer de hígado en la mitad de los casos de cirrosis.

El virus de la hepatitis E, cuya presencia no se ha descrito en Europa, se transmite por vía oral, a veces en forma de epidemia.

La evolución de una hepatitis aguda vírica suele ser muy variable, desde formas asintomáticas, que pasan desapercibidas para el individuo contaminado, hasta formas fulminantes con una grave insuficiencia hepática.

El periodo de incubación de la hepatitis vírica, desde el contagio hasta la aparición de síntomas (si los hubiera) es variable: 2-4 semanas para la hepatitis A, 2-6 meses para la hepatitis B y 4-8 semanas para la hepatitis C.

Las manifestaciones clínicas se inician una vez terminado el periodo de incubación: el paciente aqueja en un principio síntomas generales y gastrointestinales inespecíficos: fatiga y cansancio intenso, dolores musculares y articulares, falta de apetito, náuseas y vómitos, dolores de cabeza, dolor bajo el reborde de la costilla derecha, correspondiente al hígado, y febrícula.

Después de unos días, o incluso unas semanas, con estas manifestaciones generales y nada específicas, por lo que pueden confundirse con una simple gripe, aparece ictericia, con tinción amarillenta de la piel y de las mucosas.

En esta fase, la palpación del hígado suele demostrar su aumento de volumen y provoca dolor a la presión. Este periodo ictérico suele durar unas 3 semanas de media. Se entra entonces en un periodo de convalecencia en el que, poco a poco, se recupera el apetito y desaparece paulatinamente la astenia.

El diagnóstico de la hepatitis aguda vírica se establece por el análisis integrado de la sintomatología y los datos de laboratorio (determinación de las transaminasas pirúvicas y oxalacéticas y de la bilirruibina, en especial de la llamada bilirruibina conjugada). Mediante las pruebas de laboratorio para el diagnóstico específico se procura descubrir el virus responsable de la hepatitis.

La evolución final de la hepatitis aguda vírica está en relación con el virus que la ha producido:

No existe un tratamiento específico para la hepatitis aguda vírica. Lo más recomendable es el reposo, no siendo necesaria una dieta específica. Deben evitarse las bebidas alcohólicas. La administración de corticoides está formalmente contraindicada.

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Martes, 2 de Diciembre del 2008

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