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La dermatitis atópica
Resultado:
La dermatitis atópica es una inflamación crónica de la piel que ocurre en personas de cualquier edad, aunque que es más frecuente en la infancia.
Si bien en la mitad de los niños y niñas afectados los síntomas desaparecen durante la adolescencia, en el resto pueden persistir hasta que son adultos. En más de la mitad de los casos se asocia a otras enfermedades como el asma o la rinitis alérgica.
Esta inflamación se caracteriza por presentar exacerbaciones y remisiones que pueden estar determinadas por la exposición a determinados alimentos, agentes químicos y otras sustancias que pueden actuar como alergenos, como el polen o el moho. En muchos casos, sin embargo, no es posible identificar estas sustancias y la utilidad de las pruebas de alergia es limitada.
El síntoma más frecuente es el prurito o picor intenso que se asocia con frecuencia a lesiones por rascado. En la fase agudas, la piel aparece enrojecida y la aparición de pápulas y vesículas es frecuente. Cuando la inflamación persiste durante varias semanas, la zona afectada aumenta de grosor, especialmente en los pliegues, y pueden llegar a aparecer algunos nódulos. La denominada xerosis o piel seca es también otra característica de la dermatitis atópica. A consecuencia de ello, la piel se fisura con facilidad lo que aumenta la susceptibilidad a la irritación e infección.
El tratamiento debe estar dirigido a controlar el picor, reparar la piel y disminuir la inflamación. Aunque la aplicación de cremas con corticoides es efectiva, debe limitarse la frecuencia con la que son aplicadas para evitar los posibles efectos secundarios, entre los que destacan la atrofia de la piel, la aparición de estrias y una disminución en la pigmentación. Es importante utilizar los corticoides menos potentes y limitar su uso, especialmente en áreas como la cara o las ingles en las que la absorción es mayor.
No deben olvidarse otras medidas destinadas a mantener la piel bien hidratada y evitar la aparición de fisuras que puedan infectarse. El baño debería realizarse dos o tres veces por semana con agua templada, no caliente, durante 5 a 10 minutos como máximo y con un jabón neutro. Inmediatamente después del baño y antes de que la piel esté completamente seca debería aplicarse una crema hidratante. Cuando la piel está muy afectada, la hidratación puede mejorarse cubriendo las partes afectadas como, por ejemplo, las manos con guantes de algodón. En caso de prurito muy intenso que no calma con cremas hidratantes, su médico puede sugerir el uso de antihistamínicos.
Dra. Rosalía Carrasco Torrent
Hospital de Sant Joan de Déu
Barcelona
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