Christian N. Barnard: la fortuna ayuda a los audaces

El día 3 de diciembre de 1967, en el Hospital Groote Schuur de Ciudad del Cabo, Sudáfrica, Christian N. Barnard consiguió trasplantar con éxito, por primera vez, el corazón procedente del cadáver de una mujer fallecida en un accidente de circulación (Denise Darvall) a un varón de 54 años (Louis Washkansky), quien padecía una cardiopatía irreparable a causa de repetidos infartos. El primer receptor de un corazón humano sobrevivió 18 días a la intervención.

Posiblemente no ha habido logro en el campo de la medicina que haya atraído tanto interés mundial y tan numerosos y dispares comentarios en los medios de comunicación científicos o no científicos. Dos años después, en 1969, el ser humano ponía, también, por primera vez, sus pies en la Luna y el mundo se acostumbraba aún más a ir perdiendo su capacidad de asombro.

Aunque las dificultades técnicas del trasplante cardíaco se consideran inferiores a las del trasplante hepático, el hecho de que el órgano trasplantado fuera el corazón conllevaba una fuerte carga emocional. Con una función fisiológica relativamente simple, la secuencia dramática que supone extraer de un ser humano ya cadáver un corazón que late artificialmente y trasladarlo a otro ser humano, hasta conseguir que vuelva a latir en su nuevo huésped, no deja de ser simbólicamente fascinante.

Laín Entralgo, en su breve prólogo a la versión en castellano de las memorias de T. Stard ("El hombre puzzle. Memorias de un cirujano de trasplantes", Barcelona, J. R. Prous, 1991), subraya, entre las características de los cirujanos que iniciaron la era de los trasplantes de órganos, la "osadía", entendida ésta como atrevimiento o audacia, es decir, como la capacidad de no detenerse frente a los riesgos. Pero, en realidad, el significado de la palabra "osadía" encierra una cierta ambigüedad, ya que se utiliza a veces, con un cierto matiz peyorativo, como escaso sentido de la responsabilidad, matiz éste que parece menos explícito, más atenuado en su acepción de "audacia".

La historia, tantas veces referida, de cómo B. B. Lower, de Richmond, Virginia, y N. E. Shumway, de Palo Alto, California, tras una larga serie de trabajos experimentales habían conseguido con éxito el trasplante cardíaco ortotópico en una serie de perros y, con el procedimiento operatorio a punto, y a la espera de la primera oportunidad para realizarlo en el ser humano, fueron sorprendidos por la noticias de "la operación" de Sudáfrica, un país en aquellos tiempos políticamente incorrecto, ha seguido gravitando negativamente sobre el excepcional logro de Barnard .

Todavía en 1995, éste, en una carta dirigida al editor del South Africa Medical Journal se siente obligado a contestar a un artículo del conocido cirujano cardiovascular francés Cabrol , publicado en una revista no científica ("Cape Times"), en el que insiste en deslegitimar el carácter pionero de su intervención, traspasando todo el mérito a Shumway .

¿Fue Barnard, acaso, un cirujano peyorativamente osado o audaz cuando realizó el primer trasplante cardíaco? La lectura cuidadosa de la publicación en la que da cuenta de la intervención quirúrgica realizada -una pieza histórica de la literatura médica- desvanece, a mi juicio, las dudas a este respecto. Barnard, además de demostrar su audacia, era un cirujano bien preparado para llevar a cabo el trasplante y con sentido de la responsabilidad.

Barnard fue consciente enseguida de la trascendencia de la intervención quirúrgica que había realizado y, por ello, la singulariza con un título insólito: "La operación". Da por hecho que, transcurridos solamente 17 días de su hazaña quirúrgica, todo el mundo la conoce. No sólo ha traspasado una barrera técnica en el ser humano, sino una barrera psicológica, ha roto un tabú.

La comunicación de Barnard, que ocupa tres páginas y media, está escrita con una gran austeridad expresiva. Tan sólo en la brevísima introducción, en la que destaca la muy valiosa contribución experimental de Shumway y sus colaboradores, se permite Barnard una ligera concesión retórica a la emoción de la experiencia vivido, cuando evoca el sueño ancestral de las quimeras, expresado en esfinges, sirenas y animales heráldicos, no sólo para luchar contra la enfermedad, sino para combinar la potencia de diferentes especies. La ciencia moderna, escribe Barnard, está explorando la posibilidad de tratar determinadas enfermedades que afectan a órganos específicos, sustituyéndolos por otros.

Tras resumir lo que considera los fundamentos de su éxito, Barnard despliega la breve memoria de su hazaña quirúrgica en tres dramáticos actos: preparación para la operación, la operación y cuidados postoperatorios.

En el sumario que cierra el artículo, la primera frase dice simplemente: "Se describe el primer trasplante de un corazón humano". Barnard y su equipo, preparado de manera suficiente para la ocasión, como demuestra la minuciosa descripción de los numerosos gestos quirúrgicos y no quirúrgicos realizados sobre su paciente, supo aprovecharla en cuanto se presentó y vio cumplida en sí mismo, tras su éxito, la sentencia latina "Audaces fortuna iuvat" ("La fortuna ayuda a los audaces").

Fuente: Cristóbal Pera , "Jano. Medicina y Humanidades", noviembre de 1997

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Miercoles, 15 de Octubre del 2008

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